En los medios

La delicia del conflicto

El conflicto es un despliegue rígido o, más bien, dos despliegues rígidos enfrentados.

El conflicto es un despliegue rígido o, más bien, dos despliegues rígidos enfrentados. Personas acopladas entre sí de manera rígida, es decir no flexible, que forman un bloque a disposición del enfrentamiento con el enemigo. Los conflictos necesitan rigidez interna, contra otro enemigo en las mismas condiciones de rigidez.

En el recorrido de su propia construcción, la experiencia política de Macri pudo crecer en base a la consolidación de, justamente, una rigidez interna, enfrentada en ascenso con una rigidez opuesta corporizada por el kirchnerismo. Tanto en el kirchnerismo como en el macrismo, el conflicto es un alimento delicioso que nutre su subsistencia. Así las extensiones de subsecuentes escenas de litigio que no culminan deben también ser incluidas como mecanismos necesarios para la consolidación de una identidad. El conflicto juega en varios actores una función social.

Las salidas de personalidades destacadas del gobierno nacional cumplen el rol de sostener la invariabilidad interna. Melconian, Prat-Gay, Isela Costantini o Regazzoni, entre otros, son riesgos serios de división, sus propias figuras poseen vida por fuera del partido de gobierno. En una composición política que se nutre del enfrentamiento, la no homogeneidad interna puede ser causa de pérdida de poder político.

La aparición del conflicto docente debe ser vuelto a pensar bajo estas consideraciones, en particular por su extensión sin solución. En esa longitud interminable y hasta casi sin horizonte de resolución, vive también el macrismo. Ese tiempo es un recipiente perfecto para hablar del kirchnerismo, de los intereses ocultos de los sindicalistas y por lo tanto del derecho a huelga, de la vocación de diálogo (expresada en forma de enfrentamiento) contra la del no diálogo, del futuro (ellos) versus el pasado (los enemigos) y de los que querrían a los niños (ellos los quieren) y de los que no (Baradel). Es en esa construcción de dos lados –de un lado ellos que son los buenos, y del otro los otros que son los malos– donde el conflicto fluye.

En la ilusión de la unidad de los argentinos se supone el abandono de los enfrentamientos, por lo tanto unidad, sería la condición para la armonía interna. Las sociedades modernas, es decir las organizaciones sociales masivas como la Argentina, masivas en términos de ser inabarcables, requieren que sus partes internas se acoplen en modo flexible, no rígidas, y que los sujetos que las integramos estemos más bien desintegrados de manera intensa. Respetamos valores generales que asumimos compartidos, reglas de convivencia muy genéricas y variables, somos para la casi totalidad de los que nos cruzamos en la vía pública seres anónimos (sólo cuerpos) y podemos entablar interacciones sin necesidad de profundizar con el otro. Por ejemplo, con dinero se resuelve de manera veloz y con independencia de la biografía del kiosquero, la compra de un alfajor. Aunque se pueda suponer la contrario, la desintegración social y no la unión es la condición para evitar el conflicto.

La apelación al diálogo posee un escondite que no siempre queda aclarado. En primer lugar se lo coloca por contraste, es decir reforzando el conflicto con los otros, ya que los enemigos evitarían el diálogo. Pero el diálogo puede ser al mismo tiempo motor de acuerdo o de conflicto. A través de un diálogo se encuentran los desacuerdos, y como cita Luhmann en un texto, en la comunidad de los Baktman de Nueva Guinea “los conflictos se resuelven con la represión de la comunicación”. No es en la profundización del diálogo o el debate que se consolida la sociedad moderna, es en la relajación de la intensidad de las interacciones.

Una desaparición de las menciones de Cristina Kirchner, o de cualquier otro semejante, ayudaría a reducir por lo menos este enfrentamiento anclado en identidades rígidas. El Gobierno posee la suya y el kirchnerismo las propias. Sin embargo, por la forma rígida de su acoplamiento interno, el PRO no podrá salir nunca de vivir contra algún enemigo, ya que sería un factor de desintegración demasiado riesgoso y la conversión del partido en algo diverso. En su electorado vive la furia y el enfrentamiento contra lo reciente, esos motores tan utilizados por Néstor y Cristina, y que ahora vuelan alegres, lanzados por los votantes del Presidente, en los pelos desprolijos de Baradel.